(Texto publicado en "Paradigma" Revista de la Asociación de Ateos de Alajuelita, Costa Rica)
Pocos son, seguramente, los que al entrar en una iglesia un domingo por la mañana saben el significado de mucho de lo que ahí ven. Hoy en día la Iglesia Católica Apostólica y Romana (ICAR para los amigos) tiene como símbolos “patrios” una serie de copias y plagios de religiones anteriores. Objetos que ha “heredado” para su propio beneficio. Eso si, el oscurantismo que hay en torno al origen de la religión y en especial en torno a los primeros concilios, sobre todo al de Nicea, hacen que sean muy pocos los católicos de base que saben la verdad de la religión que profesan.
Nuestros antepasados, muy antepasados, sentían la misma curiosidad innata que sentimos nosotros por lo que desconocemos. Estos ancestros vivieron una vez en una zona conocida por los historiadores como “La media luna fértil”, terreno que hoy ocupan Líbano, Siria e Iraq. Cuando estos habitantes, hace tres o cuatro mil años, veían crecer sus ríos hasta inundarlo todo necesitaban un porqué. ¿Cómo era posible que esos ríos de los que vivían durante todo el año se enfurecieran hasta acabar con las cosechas llenando de sedimentos y aguas turbulentas regiones inmensas? “¿Qué les hemos hecho para que se enfaden así?” pensarían.
Estas buenas gentes dedujeron que algún ser superior se había enfadado por algo y les había mandado, en castigo, tal inundación. Registros históricos datan algunas inundaciones tan feroces que llegaron a depositar sedimentos de hasta uno o dos metros. Una lástima que esas buenas gentes no conocieran el curso completo del río, pues si no sabrían que al norte, en la cordillera Caucásica, el deshielo de los glaciares provocaba esas crecidas. Este temor a las crecidas de los ríos y alguna inundación especialmente cruel propiciaron una de las primeras leyendas, el poema de Gilgamesh, donde se narra la historia de Utnapishtim, una leyenda que llegará hasta nuestros días con el nombre de “El Arca de Noé”.
Así es como fueron naciendo los cultos. El temor hacia lo que no se conocía propiciaba la proliferación de leyendas y seres mágicos. Así aparecerían, entre otros, el dios de la luna y el dios del sol.
Los gobernantes vieron un filón en esto de los dioses vengativos. El uno que inundaba campos y el otro que aparecía y desaparecía a su antojo. ¿Qué mejor manera – debieron pensar – para aplacar a las masas que el miedo a un ser superior capaz de inundar nuestros campos? Así, como método opresor, nacieron de un solo golpe las monarquías de origen divino (y Teocracias) las religiones oficiales y los cultos. Todos, obviamente, bien juntos de la mano. El rey descendiente de los dioses cuidaba de los sacerdotes y éstos de él. Una simbiosis similar a muchas que vemos en la naturaleza.
En esto estamos cuando el culto al sol gana terreno frente a otros dioses menores. El Sol da la vida y la quita y se merece por ello un culto especial. A este dios se le representaba mediante un disco dorado del que emanan los rayos en todas direcciones. Se le dio un nombre; Mithra.
El culto a Mithra se extendió por Persia (las actuales Irán, Afganistán y Pakistán). Seguramente fue una modificación de Mithra la que se conoce como Helios, dios sol de los griegos. Los mercaderes o los conquistadores como Alejandro ayudaron en la expansión y adaptación de estos cultos. Hasta que llegó la adaptación más importante, la que hizo Roma.

Representación de Helios
Los romanos eran bastante más inteligentes que los cristianos posteriores. Sabían que si invadían un territorio y les imponían un idioma, una moneda, una cultura y una religión sería más probable que se produjeran más revueltas que si, simplemente, les imponían una jefatura militar. De este modo Roma fue adaptando a su corte de dioses todos aquellos que les podían resultar útiles. Así casi todos los dioses griegos tienen su versión romana. Y así Mithra pasó a mimetizarse como Saturno, y pasó a convertirse en el dios principal de los romanos. Todo esto, claro está, después de muchas generaciones.
Roma propagó este culto a todo el imperio, y sus emperadores se decían hijos de Saturno. De este modo, se seguían obteniendo los propósitos con los que las religiones fueron creadas, aplacar a las masas ante el temor del castigo eterno.
Uno de esos emperadores fue Constantino, que gobernó 31 años (306 a 337 d. N. E.). Constantino profesó el culto a Mithra-Saturno durante toda su vida y solo se convirtió a esa nueva religión llamada Cristianismo en su lecho de muerte. Seguramente, por si resultaba ser cierto aquello del castigo eterno.
El cristianismo había ganado bastante peso, había pasado de ser una secta judía en la que se admitían a gentiles (no judíos) a ser algo así como un movimiento bastante batallador y desestabilizador con muchas vertientes. Constantino debió ver el potencial que tenía esa secta y decidió convertirla en culto oficial. Para hacer tal cosa él sabía que sería mucho más sencillo adaptar esta religión a las ya existentes que romper con todo lo anterior. Si Constantino hubiera dicho “Señores, que lo que llevamos creyendo mil años y en lo que se fundamenta mi poder es mentira, pero lo que dicen estos señores [los cristianos] es verdad” no habría tenido mucho éxito. Así que lo adaptó. Donde estaban Saturno y Mithra colocó a Dios, donde estaban las celebraciones de tres días en los que el Sol moría para resucitar como “Sol Invictus” colaron el nacimiento de Jesús y aquí paz y después gloria.

Custodia
Los sumos sacerdotes pasaron a ser llamados Obispos, dándose más importancia al que estaba en Roma, junto al emperador. Donde antes había cientos de dioses menores se colocaron cientos de santos sin variar ni sus atribuciones ni su culto, se adaptó el aura que cubría a las representaciones de Saturno que pasó a reposar sobre la cabeza de los primeros santos... se convocó un concilio, el de Nicea, donde se sentaron las verdaderas bases del cristianismo. Es ahí, y no en Belén o en Judea, donde nace el cristianismo. El resto, como suele decirse, es historia. Una muy cruel y que ha derramado mucha sangre por los campos en nombre de un plagio (Jesús) de una adaptación (Saturno) de un dios persa (Mithra).
Mi duda es ¿sabrán esto los católicos? Mi experiencia me dice que no es lo normal, no suelen saberlo. La ICAR sabe guardar sus secretos.
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